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LA CAZADORA

 A Cedric le encantaba que su abuela lo cuidara por las noches mientras sus padres permanecían en la comarca vecina participando de la feria mensual en donde vendían los productos de su granja. Con entusiasmo escuchaba los relatos que la anciana le narraba antes de dormir, relatos oscuros y tétricos no recomendados para un niño de seis años.
"Las Korrigan son hadas maléficas condenadas a vivir en la tierra en un estado de penitencia por un tiempo indefinido.
Estas criaturas son muy hermosas cuando se las ve al atardecer o de noche, pero durante el día sus ojos son rojos, su cabello blanco y su piel arrugada. Pueden predecir el futuro, cambian de forma y se mueven a la velocidad del rayo. Cantan y peinan su largo cabello esperando a un galante caballero. Estas hadas malignas  tienen el poder de hacer que los hombres se enamoren fácilmente de ellas, pero asesinan a quienes lo hacen".
Llegado ese momento, el niño se cubría el rostro con las mantas y gritaba de espanto.
La abuela riendo interrumpía el relato.
_ Recuerda querido Cedric, jamás te internes en el bosque porque podría estar aguardándote una Korrigan...
_ ¡Basta abuelita!_ chillaba el niño pataleando debajo de las frazadas.
Los años pasaron, la abuela murió, pero sus cuentos perduraron en la memoria de Cedric. Por supuesto que a los veinte años aquella fantasía infantil tan lejana ya no lo atemorizaba...lo hacía sonreír.
Llegó por fin el mes de agosto y la celebración de "El día de Lammas", la fiesta de las cosechas. La palabra Lammas significa "pan de masa" y el festival conmemoraba los primeros frutos de la cosecha.
Todo el pueblo se reunió en la iglesia para que el sacerdote bendijera el pan obtenido de los primeros granos de trigo. "Las primicias de nuestra cosecha", había expresado con orgullo el padre de Cedric.
Luego de la celebración religiosa, la familia festejó con un opíparo banquete. La jornada finalizaba con un torneo de arquería.
Al atardecer, Cedric junto a unos amigos, se internaron en el bosque que rodeaba la aldea. Todos muy ufanos ante las miradas femeninas luciendo sus arcos y carcaj repletos de flechas.
Antes de llegar al punto de encuentro, en donde se realizaría la competencia, Cedric se descompuso. "Seguramente me ha caído mal el pastel de carne de ardilla". Una tremenda arcada lo dobló en dos, seguida de un feroz vómito. Tardó en recuperarse, cuando lo hizo notó que sus amigos lo habían abandonado. "¡Egoístas!, sólo piensan en el torneo".
Tomó el arco, ajustó la correa de su caracaj y luego de beber un poco de agua fresca de la qantara, una cantimplora anular, continuó su camino.
"¿Qué sucede? Por aquí ya he pasado", se preocupó. No quería reconocerlo, pero estaba perdido.
De repente, para su asombro, escuchó una melodía prístina, exquisita. Alguien cantaba y la voz, dulce como el néctar de las flores, lo atraía como a un imán.
Se impactó al verla. Bella, peinaba con delicadeza sus cabellos semejantes a largas hebras de hilo de oro. Cuando ella lo descubrió, cesó su canto y le sonrió.
Los ojos grises de la doncella, tan grises como un amanecer lluvioso, lo obnubilaron; y su sonrisa diáfana, lo subyugó.
"¿Quién eres?", intentó preguntar, pero las palabras permanecieron prisioneras en su boca.
Ella extendió sus brazos invitándolo a acercarse. El obedeció presuroso.
El perfume de la doncella lo enloqueció. Una fragancia sensual que le recordó las manzanas rojas que había recolectado el día anterior.
"Amor, hueles a manzana, apetitosa, carnosa. Como Adán, yo también deseo pecar saboreándote", pensó excitado.
Ella, apenas lo rozó con sus trémulos dedos y él tembló arrastrado por un torbellino de pasiones.
Sentados frente a frente, sobre una mullida alfombra de hierba fresca y tréboles en flor, con las piernas entrelazadas, Cedric se dejó arrastrar por una corriente vertiginosa de sensaciones vibrantes nunca antes conocidas.
Ella movía su cuerpo y sus caderas con ritmo cadencioso. Y él la penetraba cada vez más profundo.
"Cremosa", pensaba enfebrecido.
Ella se apoderó de los labios de Cedric, pasó su lengua sobre ellos y a continuación los mordió. Esto aumentó la libido del joven, que desesperado respondió al beso atravesando con la lengua, como si fuera una espada, la boca de fresa de la doncella. Era un volcán en ebullición.
Cedric sentía extasiado las uñas de la muchacha dejándole estelas de fuego en su espalda.
De repente, el volcán estalló. Todo él era lava ardiente. Le costaba respirar, la lujuria lo ahogaba.
"¡Por Dios, esto es el Paraíso!", alcanzó a gritar antes de derramarse dentro de ella.
Ella lo  acarició con ternura susurrándole al oído: "Gracias por este instante de placer infinito. Para mí uno más de tantos...para ti, el último".
De los pliegues de su túnica de seda extrajo un puñal y sin más, le cercenó la yugular.
Mientras el filo se deslizaba por su cuello, ejecutando una danza mortal, Cedric pensó: "Abuela, tenías razón, las Korrigan existen y yo, ¡bendigo su existencia!".

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